El Albanés

Publicado el: 11 junio, 2016

Por Fabián Soberón

Tenía un apodo griego o en una lengua vagamente asiática. Nunca me dijo su nombre. Al principio, creí que era de Brooklyn. Poco después mencionó una ciudad, un pueblo cerca del mar. El nombre del villorrio era raro, una especie de incógnita. Para mí siempre fue el albanés.

El albanés trabajaba en una pizzería de Washington Avenue. Tenía dos compañeros infatigables. Uno era un mexicano que no hablaba inglés. El otro era un brasileño que hacia los mandados y que llevaba unos anteojos finos y que pronunciaba las vocales de forma invertida.

El albanés era un rubio desencajado, con una piel tersa y rosada y tenía una pequeña panza abultada, como un embarazo no buscado de cuatro meses.

Una tarde llegué temprano –antes del anochecer– y el cajero estaba en el baño o se había demorado en el cuarto interno. Me recibió el albanés rozagante. No me miró. De espaldas, me sorprendió con unas palabras en castellano. Me dijo algo así como buenas tardes. Y luego lanzó una frase en griego o en algo que yo creí que era griego.

Después supe que había nacido en ese pueblo impronunciable y que vivía en New York desde hacía cuatro años. Tenía una hermana retardada que atendía un lavadero improbable y que sus padres habían quedado en ese pueblo perdido al frente del mediterráneo. En sus conversaciones latía el rumor de la nostalgia y solía aludir al pasado como una zona falsa y oscura que no debía ser tocada por nadie.

Me recibió el pedido y guardó el billete. Se ajustó el sombrero blanco y metió un pedazo de masa blanquecina en una bandeja metálica. Como un acto reflejo puso la pizza en la caja de cartón y la dejó en el mostrador.

Una noche, yo volvía de Manhattan —en ese entonces yo alquilaba una pieza en Brooklyn—y lo crucé a la vuelta del departamento. Me saludó en castellano y me rozó la espalda al pasar a su lado. Se detuvo, se sacó el gorro y me preguntó por qué regresaba a esa hora. Apenas tuve ocasión de contarle que venía de hacer una entrevista.

Creo que eso fue el motivo de que al día siguiente me preguntara por mi trabajo. Le hablé de las crónicas, y de los paseos inenarrables por los rincones de la ciudad indómita. El albanés me miró desentendido, como si mi conversación fuera una cosa de otro mundo que le provocaba indiferencia. Me entregó la pizza, como hacía siempre, y me pidió que tuviera cuidado al regresar tarde.

Al salir de la pizzería lo saludé desde lejos y él hizo una venía con el gorro blanco.

Unos meses después, yo debía volver a mi país. La noche anterior a la partida, entré a la pizzería sin aclarar nada. Hablamos del otoño joven y de la ausencia del calor en los últimos días. No te olvides de Albania, me dijo en inglés. Parecía que hubiese intuido el olor del final, la luz extraña y tensa de la despedida.

Salí a la vereda y me detuve detrás del vidrio. El foco desnudo latía en el techo. Lo miré mientras hacía lo único que parecía estar destinado a hacer. Movía los brazos rápidamente, untaba la salsa y lanzaba las bandejas con displicencia. Lo miré fijo buscando una mirada o una especie de respuesta. El albanés siguió enredado en los alardes mecánicos del trabajo. Creo que se dio cuenta de que lo estaba mirando. Pero hizo como si no supiera nada. Esa fue su forma velada de decir adiós. Antes de partir, lo imaginé en otro tiempo, lejos, en la casa de Albania. Hablaba con su padre en la cocina. Le contaba de la falta de trabajo y de su proyecto de viajar al gran país del norte.

Ahora lidiaba con la masa arenosa frente al horno, con el calor quemándole los recuerdos y con esa mirada perdida, envuelta en el halo amarillo del salón. Estaba quebrado por el fuego del pasado, esa brisa helada que él había querido quitar de sus días en New York.


Este relato está dedicado a los inmigrantes de New York.

Fabián Soberón es escritor, profesor universitario y crítico. Ha publicado la novela La conferencia de Einstein(1era. edición UNT, 2006; 2da ed. UNT, 2013), Vidas breves (Simurg, 2007) y El instante (Ed. Raíz de dos, 2011), las crónicas Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez (Ed. Culiquitaca, 2013) y Ciudades escritas (Eduvim, 2015).

Photo Credits: Mike G

 

Fuente: Revista Viceversa.  https://www.viceversa-mag.com/el-albanes/

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