El pozo de sombras: reflexiones en torno a “El instante”

Publicado el: 5 diciembre, 2016

Por Fabián Soberón

La escritura literaria no tiene ninguna relación con la verdad ni con el descubrimiento de algo oculto que debe revelarse. En este sentido, la escritura literaria es lo opuesto a la filosofía, según la pensó Martin Heidegger. Para Heidegger, ya lo sabemos, la filosofía debe ensayar la alétheia, es decir, el develamiento de lo que está oculto. Allí se encuentra la verdad. O, dicho de otro modo, la verdad es ese proceso de develamiento, de encuentro con las cosas mismas, con la realidad real. La escritura es todo lo contrario de la alétheia. En todo caso, si la escritura pudiera develar algo, nunca sabré qué es lo que se devela. Así, la escritura proyecta sombras, interrogantes, silencios, es decir, tremendas sospechas. La escritura abre un pozo de sombras. Y ese pozo ciego es una equis, como le gustaría decir a Kant.

He dicho en varias ocasiones que mis relatos toman a la historia, o mejor, al pasado, como punto de partida para la ficción. Me interesa el pozo de sombras, el costado vilipendiado o marginal de la vida de los personajes célebres. Ese costado que nadie conoce, y que, quizás, nadie puede conocer. Para mí la escritura no es una cuestión de conocimiento. Cuando alguien quiere conocer el pasado se dedica a estudiar historia. Si alguien quiere relacionarse con el conocimiento se dedica a las ciencias. La literatura no tiene nada que ver con el conocimiento.

He escrito una serie de relatos que cruzan las “astillas” de la realidad pasada (lo que podemos investigar sobre “los” pasados) con la ficción, relatos en los que parto, o he partido, de un costado marginal u olvidado de personajes ciertamente célebres como Walter Benjamin, Orson Welles, Roberto Arlt, Lucio V. Mansilla, Hugo Foguet o Jackson Pollock. Los relatos son biografías falsas. Y cuando digo esto pienso que me interesa más el impacto de la falsedad que la verdad. Me interesa más la falsedad que la biografía.

Toda biografía es imposible si uno piensa a la biografía como la búsqueda milimétrica de copiar la realidad de la vida. Lo que nos queda es el relato reconstruido o inventado de una parte del pasado. Pues bien, yo elegí narrar lo que imagino que ha sucedido y, por  tanto, lo que invento, lo que deseo (en algunos casos) que hubiera ocurrido. Por supuesto, mis relatos son deudores de una tradición que incluye a Diógenes Laercio, Giorgio Vasari, Marcel Schwob, Borges, Cabrera Infante y Javier Marías.

Voy a tomar un ejemplo para aclarar lo que he dicho.

En el relato titulado “27 de abril de 1933”, he tomado como punto de partida un episodio célebre en la vida del filósofo alemán Martin Heidegger. Ese día abre, para mí, y supongo que para muchos, un pozo de sombras, un manto irregular de sospechas. Y el relato no congela las sospechas sino que las continúa por otros medios. El relato trabaja con una serie de incógnitas. ¿Qué pensó Heidegger ese día? ¿Por qué aceptó el cargo de rector? ¿Cuáles fueron las reacciones de los concurrentes el día de la asunción como rector? El relato parte de interrogantes y celebra, por su parte, otra serie de interrogantes. Entonces, uno de los misteriosos pozos oscuros se presenta el día de la asunción como rector de la Universidad de Friburgo. Ese día, ocurrieron movimientos imperceptibles, temblores en los labios, desavenencias y cambios de ánimo que nadie pudo registrar. Ese día, hubo miradas que fueron llevadas por el viento. El relato trabaja con esas dudas, con esas sospechas, se mete en los velos fascinantes de una frontera, una frontera que existe entre lo que ocurrió y lo que no ocurrió. El relato parte de esas dudas y no quiere aplacarlas o negarlas. Al contrario, genera otras dudas, proyecta sospechas.

La vida de cualquier persona está plagada de momentos desconocidos, inciertos, ignorados. A decir verdad, a diario ocurren escenas o gestos nimios en nuestras vidas que no podemos recordar o que, quizás, deseamos olvidar. ¿Por qué adquiere relevancia el olvido del pasado en el caso de Heidegger? Porque Heidegger es para un sector de la intelectualidad internacional el gran filósofo del siglo XX.

¿De qué modo se entrelazan las ideas y los hechos en la vida de un filósofo? ¿De qué modo se proyectan con luz difusa y venenosa los avatares cotidianos en las cavilaciones de un filósofo? Aunque no parezca, el relato “27 de abril de 1933” empezó con estos interrogantes y creo que abre otros interrogantes. La ficción, entonces, inaugura incógnitas, crea sospechas, inventa dudas.

Me permito citar el relato para volver a pensar lo que he presentado.

 

 

27 DE ABRIL DE 1933

 

El profesor camina por el patio límpido y se detiene. Acomoda, lentamente, la manga de su camisa. Mira a su alrededor. Los estudiantes, los profesores, los oficiales de la ropa parda lo contemplan. Todos los ojos lo miran.

El profesor se siente un caudillo. Siente que ha llegado la hora. Sube, lento, las escaleras del pedestal. Saca las hojas blancas y las apoya en el pupitre. Se coloca los lentes.

Afuera una horda de policías del régimen ataca, impunemente, a los estudiantes judíos. Esa horda ciega no sabe que el profesor está parado en el pedestal. Pero eso no importa. El sentido de la horda ciega es golpear, impunemente, a los estudiantes.

El profesor Heidegger, atento a las miradas recelosas, advierte el silencio del auditorio. Al final del discurso pedirá que la concurrencia levante la mano derecha. Las manos se levantarán y saludarán la revolución. Pero ahora el profesor escucha el silencio de las miradas. Acomoda sus lentes y se rasca el bigote corto.

Con un ímpetu inusual, el profesor lanza las primeras palabras. En la mañana soleada del 27 de abril de 1933 el profesor Martin Heidegger lanza las primeras palabras de su discurso. Está orgulloso de la revolución nacionalsocialista y cree que ese orgullo está justificado. Ha llegado el gran instante de la historia. La revolución trae la victoria del pueblo y el profesor se siente el filósofo de la revolución.

 

Afuera la horda ciega de policías continúa la paliza a los estudiantes.

 

Heidegger termina su discurso. La multitud aplaude. El profesor mira, orgulloso, a los concurrentes. Siente que cumple con los requerimientos de la hora y recibe los aplausos con dignidad.

El profesor pide que todos levanten la mano derecha. Los estudiantes, los profesores y los oficiales de la ropa parda saludan a la revolución. El aplauso se interrumpe un momento. Los concurrentes bajan los brazos y vuelven a aplaudir.

Antes del acto, el profesor había elogiado la belleza de las manos del führer y esa imagen vuelve. Tiene las bellas manos del führer en su mente.

Con la blancura de las manos baja las escaleras y mira los ojos de los oficiales.

La nación alemana recibe, en la mañana soleada del 27 de abril de 1933, al nuevo rector de la universidad.

 

 

¿Qué ocurrió afuera de la universidad mientras Heidegger asumía como rector? ¿Le importaba a Heidegger lo que ocurría en la vereda áspera o en la calle populosa? ¿Escuchó el filósofo los alaridos de los jóvenes golpeados por los oficiales de la ropa parda? ¿Qué palabras dijo el filósofo ese día ante los oídos numerosos y fieles? Estos gestos, estos actos silenciosos y desconocidos, estos fantasmas perdidos para siempre son los que me motivan a escribir. En esas pisadas sin huella es en donde empieza, para mí, la ficción. Y, en este caso, la ficción viene a hablar de lo impensado, de lo desconocido, de lo ignorado, de lo que es imposible de decir. Pero no porque la ficción pueda decir la verdad sobre lo silenciado –no creo que la ficción tenga un propósito definido a priori– sino porque dice cosas que inauguran un enigma sutil, corrosivo y utópico sobre lo real. La ficción no es una brújula ni un escudo ni una clepsidra. La ficción no llena huecos. La ficción los abre: excava pozos. Crea sospechas. El hueco que abre la ficción es el pozo de las preguntas, de los interrogantes que despiertan o que enloquecen aún más. La ficción instala un enigma en el centro de los enigmas de la realidad. En este sentido soy fiel a Severo Sarduy: “la única respuesta (a un enigma) es otro enigma”.
La  verdad y la ficción (la crónica falsa)
Si bien algunos relatos guardan una dosis de realidad, son una especie de crónica ficcional o crónica falsa. En este sentido, me declaro admirador absoluto de Orson Welles. Pienso en el Welles de Fraude o de Raíces en el fango. Me interesa, me fascina ver cómo  se contamina de ficción la realidad o cómo se contamina de realidad la ficción.

Estas contaminaciones o envenenamientos generan equívocos en los posibles lectores. Y a mí me interesan los equívocos, la confusión virtuosa entre los datos aparentemente verdaderos y la pura ficción, la invención; es decir, me interesa el cruce, me interesa caminar como un equilibrista en la frontera entre la realidad (o eso que suponemos la realidad) y la ficción. El poeta es un fingidor, decía Pessoa en un poema. Y de eso de trata, de fingir que estoy contando la verdad.

 

El discurso del método: las sospechas de la lectura y de la escritura

 

Por otro lado, me gustaría comentar una creencia sobre el ejercicio de la lectura como sospecha. La lectura de ciertas obras literarias, no nos depara certezas sino sospechas. Y esto es saludable. Pensemos por ejemplo en que algunos autores, como Luis Ferdinand Céline, han profesado furiosamente el nazismo y que, sin embargo, con reparos sobre su persona, podemos disfrutar de la lectura de su incomparable novela Viaje al fin de la noche. Es decir, la literatura, en este caso, nos hace sospechar de nuestros juicios éticos en relación con los juicios estéticos. En cualquier caso, la lectura de esta pieza magistral nos hace dudar de las relaciones homogéneas entre ética y estética. ¿Cómo es que un nazi ha podido escribir una obra magistral? La literatura no ofrece certezas, no es una fuente de conocimiento sino de incertidumbres. En oposición a las ciencias no ofrece verdades para la acción sino dudas para el disfrute estético. En este sentido, la literatura es, quizás, el discurso del método que quería Descartes. Solo que en este caso, la novela de Céline no es un medio para la certeza, como finalmente sucedió con la búsqueda del lúcido y pícaro Descartes, sino un fin en sí mismo (mal que le pese a Kant, que quería los fines en sí mismos para la ética). Lo que nos dice la lectura de la novela es que nos vemos obligados a dudar de nuestras convicciones. Y eso es un ejercicio de la sospecha.

La lectura es el falso espejo de la escritura o, dicho de otra manera, es el insumo principal de la escritura. De modo que la escritura parte, en casi todos los casos, de esas dudas, de esas bombas subterráneas que ha sembrado la lectura en el campo minado y diverso de la literatura.

APÉNDICE

 

April 27, 1933*

The professor crosses the spartan courtyard and stops. He slowly adjusts his shirt sleeve. He looks around. Students, teachers, brown-clothed officers stare at him. All eyes are on him.

The professor feels like a strongman. He feels like the hour has come. He slowly climbs the platform’s steps. He takes out some white sheets of paper and places them on the podium. He puts his glasses on.

Outside, a hoard of the regime’s policemen are freely attacking Jewish students. That blind hoard has no idea that the professor is standing on the platform. But it doesn’t matter. The sense of the blind hoard is to freely attack the students.

Professor Heidegger, sensing the wary eyes, takes note of the silence in the auditorium. At the conclusion of his speech, he will ask the assembled audience to raise its right hand. The hands will go up in salute of the revolution. For now, the professor can hear the silence of their eyes. He adjusts his glasses again and scratches his short mustache.

With unusual haste, the professor utters the first words. On the sunny morning of April 27, 1933, Professor Martin Heidegger utters the first words of his speech. The great moment of history as arrived. The revolution will bring the people’s victory and the professor senses himself the philosopher of the revolution.

Outside, the blind hoard of policemen continues to pummel the students.

Heidegger completes his speech. The crowd applauds. The professor looks proudly on those present. He feels like he has fulfilled the demands of the hour and receives the applause with dignity.

The professor enjoins everyone to raise his right hand. Students, professors, brown-shirted officers salute the revolution. The applause is interrupted for a moment. Those present lower their arms and again applaud.

Prior to the event, the professor had praised the beauty of the Führer’s hands and that image returns to his thoughts. He has the beauty of the Führer’s hands on his mind.

He descends the stairs with the beauty of the hands and sees the officers’ eyes.

The German nation receives, on the sunny morning of April 27, 1933, the new university rector.

*Excerpt from “El instante”, translated by David William Foster and published at magazine ViceVersa, New York, USA: http://www.viceversa-mag.com/april-27-1933/

 

Foto: El tocadiscos ilustracion de Ramiro Clemente.

 

Fabián Soberón es escritor, profesor universitario y crítico. Ha publicado la novela La conferencia de Einstein(1era. edición UNT, 2006; 2da ed. UNT, 2013), Vidas breves (Simurg, 2007) y El instante (Ed. Raíz de dos, 2011), las crónicas Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez (Ed. Culiquitaca, 2013) y Ciudades escritas (Eduvim, 2015).

Publicado en Revista Viceversa.

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