Consciencia del Ser

Publicado el: 15 julio, 2017

Por Pablo Jozami-“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.” Juan 1:1-5

A su imagen quiere decir que en Su previsión, Él le ha dado a nuestra presencia general una estructura que tiene la posibilidad de engendrar y de manifestar las propiedades que Él tiene en Sí mismo.

Él es Dios y, por consiguiente, también yo soy Dios.

La única diferencia entre Él y yo debe ser —y es naturalmente— una diferencia de escala.

Él es el Dios de un gran mundo; debo ser, yo, el Dios de un pequeño mundo.

Él es el Dios de todas las presencias del Universo y de mi mundo exterior.

También yo soy Dios, pero de mi mundo interior.

Para todo y en todo tenemos las mismas posibilidades y las mismas imposibilidades.

Las mismas posibilidades e imposibilidades que Él tiene con referencia a la presencia entera del Universo, yo debo tenerlas con relación a la presencia que me ha sido confiada.” George Gurdjieff

Frente a la sencilla pregunta de si nos enseñaron a hablar toda respuesta conduce, mediante diferentes palabras, a la misma instancia: aprendemos por repetición. Es decir que aprendemos a repetir lo que oímos, y en una edad más avanzada el universo simbólico del lenguaje —que utilizamos para expresar quien decimos ser— adquiere cierta solidez en su estructura hasta convertirse en la misma expresión de nuestro propio Universo interior. Vale decir que si hemos aprendido a repetir verdaderamente no se nos ha enseñado a hablar; por tanto es evidente que no nos hemos empoderado de nuestra propia forma de hablar, pensar, actuar… en fin, de construir nuestra propia historia. Como tan acertadamente lo expresa la primera cita, la palabra es el origen de la creación, por lo que sin consciencia de la palabra nuestra creación no es más que un reflejo de aquella repetición por la que se nos ha decretado ser; por ende no somos nosotros mismos quienes se expresan en nuestras palabras sino el reflejo de lo que se nos ha enseñado a repetir. En conclusión todo aquello no es más que una cadena de juicios, condenas y creencias por los que percibimos la realidad sin ningún criterio que auténticamente podamos definir como personal.

Quienes comprendamos verdaderamente estas palabras —sea por plena consciencia o por intuir su veracidad— sabremos del poder de transformador que tiene la palabra. Dicho poder puede, por aquello que se denomina libre albedrio, tomar uno entre dos caminos posibles: el de la construcción o el de la destrucción.

El humano, a diferencia del resto de los seres vivos, tiene el inmanente poder de crear en sus manos, a la escala de su existencia y a la semejanza de su creador, el Gran Espíritu, la Luz que Todo lo atraviesa. La palabra es aquella diferencia que ubica al humano a la par de su propio creador en el orden de lo divino. Es preciso tomar consciencia de esto principalmente para comenzar a discernir la falsedad que abunda en el mundo del hombre actual, que no solo ha sido educado para repetir —o sea, creer y actuar un papel impuesto— sino que además ha sido disciplinado para enjuiciarse y castigarse a sí mismo por el más mínimo indicio de rebeldía frente a su sistema social. Y, si dicho sistema social, conformado por una estructura civil, religiosa y educativa, no se ocupa verdaderamente de que el humano sea educado en la luz de la consciencia de su inherente naturaleza, debe ser sin más considerado un antisistema, ya que, además de no ser en pos del verdadero y auténtico beneficio del bien común, atenta contra la integridad física, psíquica y espiritual de sus integrantes.

El ser humano no ha llegado a esta tierra a construir fortunas ni templos ni instituciones, ha venido a vivir y ser en carne el digno reflejo de su creador; ha venido a manifestar su naturaleza divina como ser creador. Por esto, en tanto el humano no sea consciente de la verdad continuará mirando a su planeta como un recurso, buscando el beneficio personal, atentando contra sí, su creador y toda la creación.

Ya es momento de que despertemos y hagamos brillar la luz divina que hay en cada uno de nosotros. Quienes así lo prefieran pueden volver a cerrar los ojos y continuar sumergidos en la hipocresía del sueño egóico.

Pablo Jozami se define como cocinero, artista plástico, músico y poeta.

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